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MATEMATICA
BIBLICA
La autenticidad de la Santa Biblia ha sido blanco de regulares ataques
a manos tanto de ateos como de teólogos, ninguno de los cuales ha
sido capaz de explicar la impronta matemática oculta en ella.
Se podría decir que la mano de Dios obró en las páginas
de la Biblia de forma parecida a la filigrana o la marca de agua de un
billete de banco. Es como si el Creador hubiera puesto así
su sello de autenticidad en la Biblia.. La mayor parte de la Biblia
fue escrita en hebreo y griego. En dichos idiomas no existían símbolos
escritos para los números; estos se indicaban por medio de letras
del alfabeto.
(Nota de la Redacción:
El alfabeto hebreo consta de 22 letras, las cuales servían a su
vez para indicar los números del 1 al 10, del 20 al 100, y del 200
al 400. Sumando los números contenidos en una palabra determinada
se obtenía el valor numérico de ésta. El alfabeto
del griego clásico tenía 24 caracteres. Estos hacían
igualmente las veces de números, junto con otros tres símbolos
que sólo se utilizaban para contar, lo cual arrojaba un total de
27. Veamos, por ejemplo, el valor numérico de la palabra amén
en el Nuevo Testamento: se compone de los caracteres alfa [1], my [40],
eta [8] y ny [50], que suman en total 99. La palabra Jesús se escribe
con iota [10], eta [8], sigma [200], omicrón [70], ípsilon
[400] y sigma [400], las cuales en conjunto suman 888.)
Así,
el valor numérico de una palabra se halla sumando el valor numérico
de cada una de las letras que la forman. El estudio del valor numérico
de una serie de palabras de la Biblia ha arrojado unos resultados sorprendentemente
interesantes. En los números ocultos bajo la superficie de las Sagradas
Escrituras se dan unas constantes que ponen de manifiesto su inspiración
divina.
No deja de
ser curioso que las investigaciones más esenciales sobre la numerología
bíblica fueran realizadas por un hijo del país más
conocido por su ateísmo (al momento de redactarse este ensayo),
Rusia.
El doctor Iván
Panin fue un genio de las matemáticas que falleció en 1942
después de adquirir la nacionalidad estadounidense y dictar clases
en Harvard. Había nacido el 12 de diciembre de 1855. En su juventud
abrazó con ardor el movimiento nihilista* ruso y participó
en conspiraciones contra el gobierno zarista.
(*Movimiento surgido
en Rusia durante el siglo XIX. Propugnaba la destrucción del orden
tradicional y la introducción de reformas por medios violentos y
actos de terrorismo.)
Panin fue
desterrado de Rusia. Tras varios años de estudio en Alemania se
afincó en los Estados Unidos, donde llegó a ser un destacado
catedrático de crítica literaria. Panin era conocido por
sus profundas convicciones agnósticas*. Hasta tal punto que, cuando
desechó el agnosticismo para abrazar la fe cristiana, algunos diarios
recogieron la noticia.
(*Agnosticismo:
doctrina según la cual es imposible conocer nada sobre la existencia
de Dios o todo lo que quede fuera del ámbito de la experiencia humana;
escepticismo, incredulidad.)
Corría el año 1890 cuando el doctor Panin efectuó
el descubrimiento de la estructura matemática subyacente en el texto
griego del Nuevo Testamento. Leyendo al azar el versículo primero
del Evangelio de S. Juan en dicha lengua, reparó en que decía:
«En el principio era el Verbo, y el verbo era con [el] Dios y el
Verbo era Dios». A Panin le picó la curiosidad.
¿Por qué en un caso la palabra Dios estaba precedida del
artículo y en el otro no? Examinando el texto, observó una
relación numérica. Fue éste el primero
de los descubrimientos que lo llevaron a convertirse y a descorrer el velo
que cubría el extenso código numérico de las Escrituras.
Como dijimos, fue
la curiosidad lo que motivó en un principio a Panin para entretenerse
con los números ocultos tras el texto. Notó que comenzaban
a aparecer series y constantes. Esto avivó el interés del
catedrático ruso, y lo motivó a dedicar cincuenta años
de su vida a examinar con una paciencia benedictina las páginas
de la Biblia.
El complejo
sistema numérico de las Escrituras satura visible e invisiblemente
cada uno de los libros que la integran e ilustra sentidos más hondos
o detallados. Los 66 libros sagrados -39 en el Antiguo Testamento y 27
en el Nuevo- fueron escritos por unas cuarenta personas. Dichos autores
se hallaban repartidos por varios países y tenían orígenes
muy diversos. Muchos de ellos eran incultos, o de muy
poca cultura. La Biblia se concluyó en un espacio de 1.500 años.
A pesar de tan numerosos obstáculos, se descubre en las Letras Divinas
una continuidad armoniosa y una coherencia total.
Según Panin, si tratamos de atribuir la autoría de la Biblia
al esfuerzo humano, las leyes de la probabilidad quedan superadas en una
proporción de miles de millones.
En cierta ocasión
declaró: «Si tiene algún valor el raciocinio humano,
no podemos menos que arribar a la conclusión de que, de ser ciertos
los hechos que acabo de presentar, jamás podría tratarse
de obra de hombre». Pongamos por caso el número siete. Es
el más reiterado en las series que aglutinan numéricamente
las Escrituras. El primerísimo versículo de la Biblia, «En
el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gén.
1:1)
, contiene más
de treinta combinaciones del número siete. Se compone de siete palabras
hebreas que suman en total 28 letras (4 x 7)
. El valor numérico
de los sustantivos «Dios», «cielos» y «tierra»
suma 777. Todo número repetido tres veces expresa la idea de culminación,
de totalidad. La genealogía de Jesús, Su nacimiento de una
virgen y Su resurrección también están marcados y
determinados por múltiplos de siete. La palabra siete aparece 294
veces en la Biblia (42 x 7)
y la palabra
setenta 56 veces (7 x 8)
. El siete desempeña
un papel preponderante en el Apocalipsis; hay siete candeleros de oro,
siete cartas a otras tantas iglesias, siete ángeles que se alzan
ante el Señor con otras tantas trompetas, siete truenos y siete
plagas finales. Es más, dicho número aparece más de
50 veces en ese solo libro. En la Biblia figura el nombre de 21 autores
(3 x 7) del Antiguo Testamento. El valor numéricos de sus respectivos
nombres es múltiplo de siete. De los 21, en el Nuevo Testamento
se alude a siete: Moisés, David, Isaías , Jeremías,
Daniel, Oseas y Joel. El valor numérico total de dichos nombres
corresponde a 1554 (222 x 7)
. El nombre de David
aparece 1134 veces (162 x 7)
. Con frecuencia
se considera al siete como sello de Dios o símbolo de perfección
espiritual. El ocho representa vida nueva o resurrección. Al adicionar
los valores numéricos de las letras que componen el nombre de Jesús
se obtiene la suma de 888. Jesús fue llamado el Cristo; el valor
numérico de dicho título suma 1480 (185 x 8)
. Es también
nuestro Salvador; el valor total de dicho título es 1408 (2 x 8
x 88)
. Jesús es
igualmente Señor, que vale 800 (8 x 10)
. Mesías
tiene un valor numérico de 656 (82 x 8)
. Jesús se
llamó a sí mismo Hijo de Hombre. Esta expresión aparece
en 88 ocasiones y su valor es de 2960 (370 x 8)
. Jesús declaró:
«Yo soy la Verdad». El valor numérico de «la verdad»
es 64 (8 x 8)
. Ocho personas
sobrevivieron al Diluvio en el Arca de Noé. Y Dios hizo un pacto
con Abraham según el cual todo varón judío habría
de ser circuncidado al octavo día de su nacimiento. Aparte de Jesús,
la Biblia menciona otras ocho resurrecciones. Tres tienen lugar en el Antiguo
Testamento, otras tres en los Evangelios y dos en los Hechos de los Apóstoles.
Jesús resucitó de los muertos al octavo día, es decir,
el primero de la siguiente semana. Asimismo, el Espíritu Santo descendió
sobre los 120 discípulos ocho días después de que
se éstos se recluyeran en el aposento alto. El nueve simboliza fin
o culminación. El primer ejemplo de ello lo vemos precisamente en
el primer versículo de las Escrituras, señalado hasta el
infinito: «En el principio Dios». En hebreo empieza en ese
orden y dice «braishit Elohim», cuyo valor numérico
es de 999. La frase siguiente, «creó los cielos», está
igualmente signada por el 999. El número nueve posee una cualidad
muy particular: es en sí mismo el fin. No sólo es el último
número de una cifra; si se lo multiplica por cualquier otro guarismo,
la suma total siempre conduce de vuelta al nueve
(por ej. : 2 x 9
= 18; 1 + 8 = 9)
. El Espíritu
Santo confiere nueve dones principales al cristiano (1Cor. 12:8-10)
. A su vez, son
nueve los frutos que deben manifestarse en la vida del creyente (Gál.
5:22-23)
. La obra redentora
de la cruz concluyó a la hora nona cuando Jesús exclamó:
«Consumado es». El derramamiento de Su sangre fue definitivo
y puso fin al tradicional sistema de expiar los pecados mediante el holocausto
o sacrificio de animales. La palabra sangre es utilizada 99 veces en ese
sentido. El número 13 siempre ha tenido una aureola de fatídico
o de mal agüero. Puede que no sea sólo superstición.
Una de las pruebas más convincentes del origen de dicha creencia
se descubre al estudiar los diversos nombres por los que es conocido Satanás:
«Drakon» o dragón posee un valor de 975 (13 x 75)
. «Peirazon»
o tentador vale 1053 (13 x 81)
. «Belial»,
personificación del mal, vale 78 (13 x 6)
. «Ofis»
o serpiente tiene un valor de 780 (13 x 60)
. La frase «Ho
calumenos diablos kai ho Satanás», «que se llama Diablo
y Satanás», vale 2197 (13 x 13 x 13)
.
El presente artículo
resume en extremo la obra del Dr. Panin y otros que siguieron sus pasos.
En un principio, el mencionado catedrático produjo unas 40.000 páginas
y numerosos volúmenes en los que realizó millones de esmerados
y sencillos cálculos matemáticos. Con frecuencia trabajaba
hasta 18 horas al día en su exploración de la colosal estructura
numérica de las Escrituras, si bien en general era una labor bastante
ingrata. El Dr. Panin declaró: «Cuando hice el descubrimiento
quedé, lógicamente, boquiabierto. Me encontré en la
misma situación que el amigo Arquímedes, que tras resolver
un complicado problema matemático mientras se encontraba en el baño,
corrió desnudo a la calle exclamando: «¡Di con él!»
Yo pensaba que el público acogería con agrado mi descubrimiento.
Sin embargo, me di cuenta de que la naturaleza humana siempre es la misma.
Tuve, pues, que recluirme para realizar por mi cuenta la labor de investigación.
Los hallazgos del Dr.Iván Panin han sido sometidos en muchas ocasiones
a verificación por parte de expertos. El 9 de noviembre de 1899,
Panin desafió desde las páginas del New York Sun a nueve
renombrados racionalistas y detractores de la Biblia a que rebatieran en
público o propusieran una explicación de algunos de los datos
que expuso. Cuatro contestaron con razonamientos endebles. El resto no
dijo nada. El Dr. Panin lanzó igualmente un desafío en destacados
diarios de otros países para que alguien diera una explicación
natural de sus descubrimientos y los refutara.
Nadie recogió
el guante.
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